Languedoc altaforte

Published on noviembre 29th, 2015 | by Alfredo Mateos Paramio

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Languedoc. Tras Bertran de Born.

A finales de julio de 2015, en la misma época que, siglos atrás, tenía lugar la cosecha de las mieses y los cuerpos en los campos de batalla, emprendí un viaje por el Languedoc, el este de la antigua Aquitania, con la esperanza de que subiendo a los castillos cátaros, descendiendo a los lagos y los valles de la Dordoña y adentrándome por los bosques del Limosín, acaso podría entender mejor los poemas y las vidas de aquellos hombres y mujeres del s. XIII y XIV que llegaron a conversar de tú a tú con sus manos y sus bocas, antes de que las hogueras y las espadas terminaran, como suelen, con sus cantos y su independencia. Quizás en aquellos lugares, pensaba mientras descifraba los mapas, aquellas viejas palabras seguirían frescas y corrientes, y acaso se podría sentir allí, todavía, la libertad de quienes inventaron el fin’amor o amor cortés, poco antes que se éste convirtiera en una retórica al servicio de la dominación sobre las mujeres.

Y sí. Después de aquel viaje puedo decir que en el Languedoc aquellas conversaciones antiguas, almacenadas hoy en manuales escolares, resuenan de un modo singularmente verdadero. Y que, aunque la Francia actual no quiera saber nada de aquellos discursos en una lengua extraña, ni recordar siquiera en folletos turísticos a quienes trazaron sus rutas, aquellas frases que se salvaron del olvido y del destierro en unos pocos manuscritos italianos son lo único que allí hace visible el paisaje: haciendo de los álamos a mediodía estandartes de la ausencia, y convirtiendo aquellos promontorios arrasados en lugares desde los cuales mirar y reencontrar el valor que, para cada cual, arde escondido en el tiempo.

Si quieres acompañarme en el relato de esa búsqueda, la primera etapa transcurre tras las huellas de un poeta maldito: Bertran de Born. Antes de pisar sus lugares, es necesario que oigas a gente de letras que se ha sentido interpelada por la sensualidad de su violencia.

1. No tengo vida salvo cuando chocan las espadas.

Ezra Pound dedica su sextina “Altaforte” al trovador de Bertran de Born, a quien sitúa en su castillo de Autafort, en provenzal, hoy Chateau d’Hautefort, declamando “I have no life save when the swords clash”, “No tengo vida salvo cuando chocan las espadas”. El poema de Pound (recitado aquí por él mismo en 1939) es en realidad una paráfrasis de unos famosos versos del guerrero y poeta medieval, que traduzco en parte:

E platz mi, quan li corredor
fan las gens e l’aver fugir;
e platz mi, quan vei apres lor
gran re d’armatz ensems venir;
e platz m’en mon coratge
quan vei fortz chastels assejatz
e.ls barris rotz et esfondratz
e vei l’ost el ribatge,
qu’es tot entorn claus de fossatz
ab lissas de fortz pals serratz.

E autresi.m platz de senhor,
quan es primiers a l’envazir
en chaval, armatz, ses temor
qu’aissi fai los sieus enardir
ab valen vassalatge.
E puois que l’estorns es mesclatz,
chascus deu esser acesmatz
e segre.l d’agradatge,
que nuls om non es re prezatz,
tro qu’a maintz colps pres e donatz.

Massas e brans, elms de color,
Escutz tranchar e desguarnir,
Veirem a l’entrar de l’estor
E maintz vassals ensems ferir
Don anaran arratge
Chaval dels mortz e dels nafratz;
E quant er en l’estorn entratz,
Chascus hom de paratge
No pens mas d’asclar chaps e bratz,
Que mai val mortz que vius sobratz.

Ie us dic que tan no m’a sabor
manjar ni beure ni dormir
coma, quan auch cridar: “A lor!”
d’ambas las partz et auch ennir
chavals vochs per l’ombratge,
et auch cridar: “Aidatz! Aidatz!”
e vei chazer per los fossatz
paucs e grans per l’erbatge,
e vei los mortz que pels costatz
an los tronzos ab los cendatz.

Y me gusta cuando los exploradores
hacen huir a la gente con sus posesiones;
y me gusta cuando veo detrás de ellos
venir en grupo mucha gente armada,
y le place a mi corazón cuando veo
fortalezas y castillos asediados,
y los muros exteriores derribados,
y cómo la hueste cerca la orilla
rodeada de fosos por completo
con empalizadas de fuertes estacas.

Y también me gusta el señor
que es el primero en embestir
a caballo, armado, sin temor,
que así a los suyos hace enardecer
de valiente vasallaje.
Y después, cuando se traba el combate,
cada uno debe estar preparado
y seguirlo de buen grado,
que ningún hombre es tenido en nada
hasta que recibe y da golpes numerosos.

Mazas y espadas, yelmos de colores,
escudos, veremos tronchar y desguarnecer
al entrar en combate, y a muchos vasallos
hiriendo todos juntos, por lo cual
vagarán errantes los caballos
de los muertos y los malheridos.
Y cuando haya que entrar en la refriega,
cada hombre de linaje no pensará
más que en tajar cabezas y brazos,
pues más vale muerto que vivo y vencido.

Yo os digo que no hay manjar
que mejor me sepa, ni bebida
ni dormir, que cuando oigo gritar
“¡A por ellos!” por ambas partes,
y oigo relinchar los caballos
sin montura entre las sombras,
y oigo gritar “¡Ayuda! ¡Ayuda!”
y veo cazar por los fosos
a pequeños y grandes entre las yerbas,
y veo que asoman lanzas y estandartes
por los costados de los muertos.

A pesar de que este poema figure en antologías de poesía antibelicista, no parece que aquí haya indicios de la amarga ironía que sí sospecho en el Soneto sobre las “delicias” de la guerra de Francisco de Aldana, soldado español del s. XVI educado en el norte de Italia y que seguramente tenía en mente los versos de Bertran de Born. El poeta provenzal describe la batalla de un modo casi cinematográfico, que recuerda las escenas de Ran de Kurosawa, o las crudas descripciones del Heike Monogatari, acaso porque la estética japonesa ha sido siempre más proclive a admitir la compañía de la crueldad y la belleza. Tampoco en Born predomina la exaltación del dominio o el sacrificio, como en Marinetti y otros poetas fascistas, sino más bien una nostalgia yonki de esos instantes de peligro que devuelven el esplendor a lo visible. Fogonazos sin sentido y tan intensos: estandartes brotando de otros cuerpos, gritos sin respuesta, y esos caballos en desbandada por las sombras.

2. Lo que han ido contando de Bertran de Born.

Nacido en 1140 en la comarca de Salignac, en el actual Perigord francés, toda la biografía de Bertran de Born está trenzada de envidias y combates fraticidas, a partir de los distintos testimonios que nos han dejado tanto las anotaciones que rodean sus poemas en los cancioneros como los pocos documentos conservados en archivos franceses. Al igual que muchos pequeños señores de la región, Bertran compartía el dominio de Autafort con su hermano Constantin, después de que ambos se emparejaran con dos herederas de la familia Lastours. Constantin decidió pasarse al bando de los Plantagenet, soberanos del Limosin tras el matrimonio en 1154 de Leonor de Aquitania y Enrique II. Sin embargo, Bertran de Born quiso hacer valer su independencia como señor de Autafort, echó a su hermano del castillo y trató de alentar la rebeldía de Enrique Plantagenet contra su padre Enrique II, enfrentándole asimismo con su hermano Ricardo Corazón de León. Estas luchas terminaron con la muerte por fiebres del joven Enrique en el Castillo de Martel y el asalto por las tropas de Ricardo Corazón de León del castillo de Autafort. Enrique II perdonó a Bertran de Born, cuenta una de sus biografías, después de que éste, traído delante del rey tras su derrota, evocara al hijo desaparecido:

 
«Senher», dis en Bertrans, «lo jorn que’l valens joves reis, vostre filhs, mori, eu perdi lo sen, el saber e la conoissensa.» El reis, cant auzi so qu’en Bertrans li dis en ploran del filh, venc li granz dolors al cor de pietat & als olhs, si que nois poc tener qu’el non pasmes de dolor. E quant el revenc de pasmazon, el crida e dis en ploran: «En Bertrans, en Bertrans, vos avetz ben drech, & es ben razos, si vos avetz perdut lo sen per mon filh, qu’el vos volia melhs que ad home del mon. Et eu, per amor de lui, vos quit la persona e l’aver el vostre castei, e vos ren la mia amor e la mia gracia, e vos don cinc cenz marcs d’argen per los dans que vos avetz receubutz.»

 
«Señor», dijo Bertran, «el día que el valiente joven rey, vuestro hijo, murió, yo perdí el sentido, el saber y la conciencia». El rey, cuando oyó lo que Bertran dijo llorando de su hijo, le venció un gran dolor de piedad en el corazón y en los ojos, de tal modo que no se podía sostener, transido de dolor. Y cuando se repuso, gritó y dijo llorando: «Ay Bertran, ay Bertran, habéis dicho bien y con razón, si perdisteis el sentido por mi hijo, que os quería más que a ningún hombre del mundo. Y yo, por amor de él, os devuelvo la persona y la hacienda y vuestro castillo, y os reintegro mi amor y mi gracia, y os doy quinientos marcos de plata por los daños que habéis recibido».

Dante fue bastante menos misericordioso que el soberano inglés, a juzgar por el lugar que reserva a Bertran de Born en uno de los círculos más profundos de su Inferno. Seguramente conociera la breve biografía que nos han transmitido cinco manuscritos de las distintas recopilaciones de trovadores que se redactaron en el norte de Italia en el s. XIV:

Bertrans de Born si fo us castellans de l’evescat de Peiregors, senher d’un castei que avia nom Autafort. Totz temps ac guerra ab totz los sieus vezins, ab lo comte de Peiregors & ab Richart, tant cant fo coms de Peitieus. Bons cavalliers fo e bons guerriers, e bons dompnejaire, e bons trobaire, e savis e ben parlans; e saup tractar mals e bens. Et era senher totas vetz quan se volia del rei Henric d’Englaterra e del filh de lui· Mas totz temps volia qu’il aguesson guerra ensems, lo paire el filhs elh fraire, l’uns ab l’autre, e totz temps volc quel reis de Franssa el reis d’Englaterra aguesson guerra ensems. E s’il avion patz ni treva, ades se penava es percassava ab sos siventes de desfar la patz e de mostrar com chascus era desonratz en la patz, e si n’ac de grans bens e de grans mals de so qu’el mesclet mal entre lor.
Bertran de Born fue un castellano del obispado de Perigord, señor de un castillo que tenía el nombre de Autafort. Estaba todo el tiempo en guerra con todos sus vecinos, con el conde de Perigord y con Ricardo, en tanto fue conde de Poitiers. Fue buen caballero y buen guerrero, y buen galanteador de damas, y buen trovador, y sabio y buen conversador; y supo tratar males y bienes. Y era señor que se veía cuantas veces quería con el rey Enrique de Inglaterra y con su hijo. Pero todo el tiempo quería que tuvieran guerra entre ellos, el padre, el hijo y el hermano, el uno con el otro, y en todo momento quería que el rey de Francia y el rey de Inglaterra hicieran la guerra entre ellos. Y si tenían paz o tregua, entonces penaba y procuraba con sus poemas satíricos deshacer la paz y mostrar cómo cada uno era deshonrado en la paz, aunque no tuviera ni grandes bienes ni grandes males, de modo que mezclaba enemistad entre ellos.

BNF.Français.12473.ChansonnierK.f160r.BertranDeBorn

Bertran de Born. Miniatura del Cancionero K. BNF Français 12473, f. 160r.

Para Dante la traición es el crimen imperdonable, y por ello Bertran de Born, sembrador de discordia entre padre, hijo y hermano, ocupa la antesala del último y más profundo círculo de las moradas infernales:

Io vidi certo, e ancor par ch’io ‘l veggia,
un busto sanza capo andar sì come
andavan li altri de la trista greggia;

e ‘l capo tronco tenea per le chiome,
pesol con mano a guisa di lanterna:
e quel mirava noi e dicea: «Oh me!».

Di sé facea a sé stesso lucerna,
ed eran due in uno e uno in due;
com’ esser può, quei sa che sì governa.

Quando diritto al piè del ponte fue,
levò ‘l braccio alto con tutta la testa
per appressarne le parole sue,

che fuoro: «Or vedi la pena molesta,
tu che, spirando, vai veggendo i morti:
vedi s’alcuna è grande come questa.

E perché tu di me novella porti,
sappi ch’i’ son Bertram dal Bornio, quelli
che diedi al re giovane i ma’ conforti.

Io feci il padre e ‘l figlio in sé ribelli;
Achitofèl non fé più d’Absalone
e di Davìd coi malvagi punzelli.

Perch’ io parti’ così giunte persone,
partito porto il mio cerebro, lasso!,
dal suo principio ch’è in questo troncone.
Così s’osserva in me lo contrapasso».

Yo vi de verdad, y todavía me parece verlo,
andar un busto sin cabeza, tal y como
andaban los demás de la triste compañía;

y la cabeza cortada sostenía por los cabellos,
cogida con la mano a manera de linterna:
y aquel nos miraba y decía: «¡Ay de mí!».

Se servía a sí mismo de lámpara,
y eran dos en uno y uno en dos;
cómo pueda ser, lo sabe quien así lo manda.

Cuando se presentó al pie del puente,
levantó el brazo en alto con la cabeza
para decirnos más de cerca sus palabras

que fueron: «Mira ahora la molesta pena,
tú que, suspirando, vas viendo a los muertos:
mira si hay pena tan grande como ésta.

Y para que de mí lleves noticias,
sabe que yo soy Bertran de Born, aquel
que diera al rey joven malos consejos.

Yo hice al padre y al hijo entre sí rebeldes,
no más que de Absalón y de David
hizo Aquitael con malvadas punzadas.

Y porque yo partí personas tan juntas,
partido llevo mi cerebro, ¡desgraciado!,
de su principio en este tronco situado.
Así se observa en mí la contrapartida.»

Bertran de Born apareciéndose ante Dante y Virgilio al final del Círculo octavo del Inferno, canto XXVIII. Ilustración de Gustave Doré, 1861.

Los historiadores se afanan en señalar que Dante magnifica la importancia de Bertran de Born en aquellos acontecimientos, circunscribiendo su papel al de un señor más de aquella pequeña nobleza que intentaba preservar su posición entre condes y reyes cada vez más pujantes. Sin embargo, para bien o para mal, lo que permanece lo fundan los poetas. La figura de Born queda definida por esa separación entre la mente y el cuerpo que Paul Auster actualizará en la esquizofrenia del extraño agente Rudolf Born, uno de los protagonistas de su novela Invisible, cuyo carácter se entrecruza con el del violento poeta provenzal.

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Curioso, por otra parte, que otro agente secreto de nombre similar, Jason Bourne, represente en estos tiempos nuestros a un guerrero disociado de sí mismo, que abjura de su condición de asesino y busca infatigablemente una paz oculta en su pasado.

3. La llegada al castillo de Altaforte.

Era a finales de julio. Había decidido salir temprano de la garganta de Rocamadour porque quería aprovechar la luz del día para encontrar los distintos lugares ligados a la presencia del trovador guerrero. En lugar de llegar al castillo de Altaforte por la autopista y carretera del oeste, preferí tomar la vieja carretera que, desde el sur, va bordeando las colinas hasta llegar al castillo. Lo que se ofrece a la vista

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altaforte

Bourne


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