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Hace ya unos cuantos años, pero es como si no hubiera pasado el tiempo, bajo la luz siempre joven de Grecia edité una antología de las mejores traducciones al griego de poemas de Borges, bajo el título, tan sonoro en esa lengua, de Τα μονοπάτια της Ιθάκης, Ta monopátia tis Ithákis, ‘Los senderos de Ítaca’, escogido de aquel poema:

Alguien recorre los senderos de Ítaca
y no se acuerda de su rey, que fue a Troya
hace ya tantos años;
alguien piensa en las tierras heredadas
y en el arado nuevo y el hijo
y es acaso feliz.
En el confín del orbe yo, Ulises,
descendí a la Casa de Hades
y vi la sombra del tebano Tiresias
que desligó el amor de las serpientes,
Y la sombra de Heracles
que mata sombras de leones en la pradera
y así mismo está en el Olimpo.
Alguien hoy anda por Bolívar y Chile
y puede ser feliz o no serlo.
Quién me diera ser él.

Estuve después en la isla de Ítaca, sobre las ruinas del palacio desde el que se divisaban las dos costas, y bajé a la rada de la que seguramente salieron aquellos barcos. Y me dejé perder por los senderos que serpenteaban en los bosques de la isla, como luego me dejaría perder en las medinas de Marruecos.
Para mí los lugares son inseparables de las historias que otra gente ha vivido o contado en ellos. Max Frisch, en Montauk, dice que él sólo consigue ver aquellos sitios de los que ha leído previamente y le han conmovido antes de visitarlos. Yo tampoco puedo deslindar la peregrinación del descubrimiento, y pensando que tal vez haya más peregrinos de palabras como yo es por lo que me he decidido a abrir este diario y mapas de voces visitadas.
No soy, aviso, un peregrino devoto que reverencie cualquier huella o se incline ante las reliquias. Mi propósito, como dice la cita de Basho incluida en el blog, es “examinar el corazón de los hombres antiguos”, y, como él, escuchar su latido en el mismo viento que ellos escucharon y dejar resonar sus palabras en el mismo lugar que ellos pisaron, por si tienen algo que decirme, o no. Estos apuntes son una crónica de esas resonancias.
Se lee después a los autores de otra manera. Sólo yendo a Mitilene y observando las hojas de terciopelo despanzurrado de las encinas que allí crecen puede entenderse el poema de Safo: “Amor se abate sobre mí / como el viento del monte en las encinas”. Sólo asediando al Fuji por caminos empinados, cuando declina el día y más necesitas la constatación de su presencia, puedes comprender el poema de Basho sobre la invisibilidad del volcán.
Las traducciones son mías, cuando no indique lo contrario. Por debajo de cualquier otro oficio que me toque desempeñar en esta vida, soy filólogo: amante de las palabras. No hay pasión sin precisión, como dice Jack Nicholson en las Brujas de Eastwick. O, como me reveló por las calles de Zaragoza el no suficientemente recordado Claudio Rodríguez, “la precisión hace soñar”.
Muchos de estos viajes los hice acompañado, aunque no se note cuando se lea su crónica. Del mismo modo que esa presencia secreta me arrastra por otros caminos umbríos, junto a Ulises, querría así ir a tu lado, lector o lectora desconocidos, cuando me sigas por el estrecho sendero de estas líneas.


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